La auténtica revolución
Cuando Nintendo anunció hace más de dos años su revolución, se creó una situación confusa. La incertidumbre por saber más sobre la curiosa máquina se mezclaba con el escepticismo de muchos que veían este acto como un peligroso y arriesgado movimiento en el mundo del videojuego y la esperanza de otros por experimentar una jugabilidad más inmersiva, que desechara de una vez por todas el aporrear botones. La detección de movimiento y posicionamiento en 3D resultó un atractivo aliciente, pero la reticencia de la compañía a no mostrar imágenes de sus juegos acababa por conformar un ambiente cuanto menos sospechoso.
La portátil de doble pantalla de la compañía de Kyoto, Nintendo DS, había supuesto en realidad un tanteo del mercado para vislumbrar las posibilidades de un nuevo camino, de una expansión de mercado a la que Nintendo necesitaba recurrir. Una “nueva forma de jugar” que le desmarcara de la batalla poco fructífera que había lidiado hasta el momento, con GameCube como su máxima expresión, y el éxito, que ni ellos mismos se esperaban, fue realmente abrumador.
Con Wii el campo de batalla era diferente, el público había empezado ya a expandirse y Nintendo quería aprovechar ese hecho con una consola sencilla que ofreciera un juego limpio y descaradamente directo, un aparato que cambiara el concepto de jugador y lo hiciera más próximo y cercano al público general, más reconocible. ¿Qué ha conseguido Wii hasta el día de hoy? La nombrada revolución ha enseñado su cabecita pero definitivamente ha decidido resignarse, no mostrarse en todo su esplendor y volver por donde había venido.

A una primera hornada de títulos que se caracterizaron por su poca calidad le han seguido simuladores, recopilaciones de minijuegos, ports y licencias cinematográficas que han dejado a la gran revolución como un juguete que recibe escasos títulos a tener en cuenta, una situación arriesgada que puede causar que la clave de su éxito sea simplemente el hecho de que es una moda. Wii se ha convertido en la consola social, con títulos clave como WiiSports que para muchos representa el inicio y el fin de la máquina. Claro, el público es ahora diferente, por lo que las exigencias también.
No se trata de su inferioridad técnica, algo que no resulta tan importante si se aprovecha bien el hardware que, por cierto, pagamos a precio de oro. Hablamos de lo frustrantes que resultan muchos títulos, tanto a nivel jugable como estético con un desaprovechamiento total de las funciones del mando y todo lo que ello ha causado.
Hay más juegos, sí, pero también hay mucha más basura, títulos que denotan un cuidado nulo en su desarrollo y que sin embargo venden a espuertas, lo que causa un mal endémico que ofrece a las desarrolladoras un suculento plato. ¿Para qué cuidar hasta el más mínimo detalle de un juego si algo como Imagina Ser Mamá acaba entre la lista de más vendidos? Incluso EA Games ha creado una sección llamada EA Casual, destinada exclusivamente a la creación de títulos asequibles para el gran público.
Por supuesto los juegos tradicionales todavía siguen generando beneficios, pero el público tradicional, el mismo público que tantas alegrías ha dado a Nintendo y sin el que no estaría donde está ahora, no tiene suficiente con dos o tres títulos al año acorde con sus expectativas. Se trata de un público sediento de experiencias completas y cuidadas, que aporten una porción de su mundo al jugador y lo haga suyo de alguna forma.
El tiempo pasa y de vez en cuando nos sorprenden con alguna joya destacable, la gran mayoría producto de la propia Nintendo. Hay promesas por parte de la compañía y un compromiso para el público tradicional pero a pesar de todo, no parece que la situación vaya a cambiar mucho.